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Víctor Manuel Aguilar Gutiérrez

Oaxaca amaneció tapizado. Lonas colgadas en bardas, espectaculares en calles, volantes repartidos sin pudor, propaganda por todos lados. Aparecen de pronto, como si brotaran de la nada, ocupando espacios públicos y privados, repitiendo un mismo mensaje hasta el cansancio. Y entonces surge la pregunta inevitable, esa que nadie quiere responder con honestidad: ¿de dónde sale el dinero?
Porque en Oaxaca el dinero —no aparece— cuando se trata de lo urgente. No aparece en los centros de salud donde faltan medicamentos básicos. No aparece cuando un hospital suspende cirugías por falta de insumos. No aparece cuando una familia debe endeudarse para comprar lo que debería ser un derecho garantizado. No aparece cuando una comunidad espera meses por una visita médica. Ahí siempre hay excusas, recortes, promesas.
Pero para cubrir el Estado de propaganda, el dinero sí alcanza. Para imprimir miles de lonas, para pagar espectaculares, para inundar calles con volantes que nadie pidió y muchos terminan tirando a la basura, el presupuesto parece inagotable. Para montar un gran espectáculo político disfrazado de participación ciudadana, no hay austeridad ni límites. Hay prisa, hay recursos, hay despliegue.

La escena es ofensiva. Mientras Oaxaca enfrenta una crisis profunda en materia de salud, se destinan millones a una farsa que no cura, no previene, no atiende y no salva vidas. Una farsa que consume recursos públicos solo para alimentar una narrativa, para simular cercanía con el pueblo, para ocupar espacios y conciencias a fuerza de repetición.
Basta recorrer el Estado para entender la magnitud del insulto. Hospitales sin personal suficiente. Centros de salud con anaqueles vacíos. Médicos y enfermeras exhaustos, sosteniendo el sistema con voluntad y sacrificio. Comunidades donde enfermarse sigue siendo una condena. Todo eso ocurre al mismo tiempo que se pagan campañas masivas, montaje logístico, promoción constante y materiales que cuestan más de lo que muchos oaxaqueños ganan en años.

No es solo el dinero. Es el mensaje que se envía. Se nos dice, sin decirlo, que hay prioridades. Y esas prioridades no son la salud, ni la educación, ni el agua, ni los caminos. Las prioridades son la imagen, el control del discurso, la simulación de un ejercicio democrático que se vende como histórico, pero que en la práctica es profundamente desigual y desconectado de la realidad del Estado.
¿Quién paga esas lonas? ¿Quién contrató los espectaculares? ¿Quién imprime y reparte miles de volantes? ¿Quién autorizó ese gasto y bajo qué lógica? Son preguntas legítimas, necesarias, y peligrosas para quienes prefieren que no se hagan. Porque el dinero público no es invisible, aunque así se le trate. Tiene origen y debería tener destino claro.
Lo más grave es que este derroche ocurre en un Estado donde la carencia se ha normalizado. Donde se nos ha acostumbrado a aceptar lo mínimo en salud, lo precario en infraestructura, lo insuficiente en educación. Donde se nos pide paciencia, mientras se nos restriega en la cara el gasto excesivo en propaganda. Donde se exige participación pero no se garantiza bienestar.
No se trata de estar en contra de la democracia. Oaxaca tiene una larga historia de participación comunitaria. Se trata de estar contra de la simulación costosa, del uso del dinero de todos para fines que no resuelven. Se trata de exigir coherencia: si hay recursos para tapizar el Estado, debería haber recursos para garantizar atención médica digna.
Cada lona colgada es un recordatorio de lo que falta en un hospital. Cada espectacular es una bofetada para quien espera una consulta. Cada volante tirado en la calle es una prueba del desperdicio, de la desconexión, de la indiferencia ante las verdaderas necesidades del pueblo.
El dinero público debería servir para cuidar la vida, no para montar farsas. Para fortalecer el sistema de salud, no para saturar el paisaje con propaganda. Para atender lo urgente, no para alimentar el ego del poder. Gobernar no es llenar bardas, es resolver carencias.
Y por eso la pregunta sigue ahí, más incómoda, más urgente: ¿de dónde sale el dinero? Y todavía más importante, ¿por qué se gasta así mientras Oaxaca sigue esperando lo esencial?
Cuando el poder prefiere llenar bardas antes que hospitales, no hay error ni casualidad: hay prioridades claras. Y esas prioridades se pagan con la salud, la dignidad y la vida de quienes en el discurso dicen defender.
@aguilargvictorm