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«¿Y si voy, lo busco y lo encuentro, qué?»: la lección de las madres buscadoras al Estado mexicano

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Hay noticias que se quedan instaladas en la mente, como una ventana que no se deja cerrar, reapareciendo en segundo plano mientras se intenta seguir con el día a día.

El hallazgo en Michoacán, donde colectivos de madres buscadoras desenterraron más de un millar de piezas dentales en un terreno remoto, no es un dato estadístico ni un expediente más en una fiscalía; es la radiografía en bruto de una tragedia que supera cualquier ficción. 

Mientras un grupo de mujeres -armadas apenas con palas, varillas y la desesperación de encontrar a los suyos- realiza la tarea de rastreo e investigación que la justicia institucional ha sido incapaz de garantizar, las autoridades responden con la fórmula de siempre: comunicados fríos, evasivas burocráticas y el intento velado de minimizar la magnitud de los hechos.

Contabilizar más de 1,600 piezas dentales en una fosa clandestina no es una labor normal del diario. La matemática básica y el sentido común apuntan a decenas de vidas interrumpidas, a infancias rotas en la sombra. Que la respuesta de la fiscalía estatal sea escudarse en los tiempos de los dictámenes periciales para marcar distancia respecto a los hallazgos de las brigadas no genera certeza jurídica; genera desconfianza y dolor. Para la sociedad, la lentitud institucional ha dejado de percibirse como rigor técnico y se interpreta como una estrategia de contención política ante el impacto de la barbarie.

Este episodio no ocurre en el vacío. México atraviesa una crisis estructural donde la niñez es víctima de las vertientes más oscuras de la trata de personas, la explotación, la mendicidad forzada y el reclutamiento a manos del crimen organizado, por mencionar algunos. El principio constitucional del interés superior de la niñez se queda en el papel cuando la impunidad y la presencia territorial de los grupos delictivos sofocan cualquier entorno de protección real para las infancias.

Lo más desolador es el contraste entre el horror de las fosas y el silencio en las tribunas del poder. En los micrófonos de Palacio Nacional, donde diariamente se traza la agenda del país, el clamor de las familias y la urgencia de atender la crisis de desaparecidos suelen quedar al margen. Tras años de discursos de transformación, la ciudadanía comprueba que la retórica oficial no detiene las excavaciones comunitarias ni devuelve la seguridad a las calles.

Esta violencia desmedida terminó por desmantelar nuestra vida cotidiana. Se ha vuelto imposible terminar la semana cenando tranquilamente en familia, festejar un cumpleaños o incluso estar en un lugar sagrado sin el temor a que irrumpan las balas. La ciudadanía vive en un estado de alerta permanente, ajustándose a un entorno donde huir o migrar no es una opción para la mayoría. La violencia no solo arrebata la vida física; destruye la vida aspiracional, extingue proyectos profesionales y liquida décadas de esfuerzo familiar. Hoy existen familias que acumulan más de un integrante asesinado o desaparecido, reduciendo su existencia al luto perpetuo y a la pérdida de su patrimonio.

Resulta doloroso ver cómo la riqueza cultural, las tradiciones, la gastronomía y el talento deportivo que nos identifican ante el mundo quedan completamente eclipsados por la falta de gobierno, la delincuencia organizada y la impunidad desbordada. México se está convirtiendo, a los ojos internacionales, en una enorme fosa donde las autoridades intentaron esconder el problema debajo de la alfombra hasta que la tierra terminó por desbordarse.

En México, prácticamente todos crecimos escuchando esa frase casi instintiva que las madres nos decían cuando afirmábamos no encontrar algo en la casa: «¿Y si voy, lo busco y lo encuentro, qué?».  Hoy, ese dicho popular de hogar ha cobrado una dimensión trágica y colosal. 

Ante un Estado que alega no tener datos, que insiste en que no se puede o que intenta esconder la realidad, las madres buscadoras le han tomado la palabra a la historia: fueron, buscaron y encontraron. Le están demostrando al gobierno la verdad más dolorosa de este país: que el amor e instinto de una madre han podido más que todo el aparato de justicia. Ellas están haciendo el trabajo que las autoridades evaden. 

Mientras quienes ostentan el poder eludan confrontar este desastre, nos corresponde a nosotros, como ciudadanos, sostener la mirada ante el horror, exigir cuentas y recordar que ningún proyecto político puede sostenerse sobre una tierra que las madres tienen que desenterrar con sus propias manos.

MM


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