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Por María Malacón
Sobre autonomía, tejido social y la construcción de la plenitud en la adultez
«Una mujer viviendo sola y bancando todo sola
en una economía que está hecha para dos,
también es un gran logro, aunque nadie lo celebre.”
Hace unos días compartí en redes sociales una imagen con esa frase. Varias de mis amigas reaccionaron. No me sorprendió. Conozco sus historias; sé lo que han construido, las decisiones que han tomado y las veces que han resuelto por sí mismas aquello que habrían preferido compartir. De todas me siento profundamente orgullosa. No porque no necesiten a nadie, sino porque han aprendido a sostener sus propias vidas.
Sin embargo, en el camino hacia la autonomía, hemos rozado un extremo peligroso: la trampa de la hiperindependencia. Esto surge como una respuesta inevitable al pendulazo histórico: el deseo legítimo de alejarnos de la dependencia económica y la subordinación que vimos en generaciones pasadas, junto a la promesa firme de no volver a pedir permiso a nadie para labrar nuestro propio destino.
Este tránsito ocurre mientras abrimos brecha frente a viejas barreras estructurales. Hoy nombramos con lucidez la necesidad de romper los techos de cristal que limitan el ascenso profesional; de despegarnos de los pisos pegajosos que atan a tantas mujeres a la precarización y a los cuidados no reconocidos; y, de sortear las escaleras rotas que interrumpen una y otra vez nuestras trayectorias vitales y laborales. Conquistar esos espacios y demandar terrenos donde estas trampas ya no existan es un acto de emancipación indiscutible. Y el punto crítico es comprender que superar esas inequidades no debería exigirnos el tributo de la soledad.
Tales factores nos fueron convenciendo de que, para demostrar nuestra fuerza, debíamos volvernos autosuficientes en un plano casi estéril, capaces de prescindir de los demás. Pero poder sola no significa querer habitar un aislamiento.
La autonomía no cancela nuestra condición de seres sociales y políticos. No necesitamos demostrar que somos islas para sabernos libres. Lo que buscamos no es un rescate ni una validación externa, sino la posibilidad de vincularnos desde la plenitud: con la satisfacción de estar construyendo proyectos propios, de sentirnos tranquilas con lo caminado y con la certeza de lo que está por venir.
La autonomía no cancela nuestra condición de seres sociales y políticos. No necesitamos demostrar que somos islas para sabernos libres. Lo que buscamos no es un rescate ni una validación externa, sino la posibilidad de vincularnos desde la plenitud: con la satisfacción de estar construyendo proyectos propios, de sentirnos tranquilas con lo caminado y con la certeza de lo que está por venir.
La trampa de la banalidad y la importancia de los vínculos profundos
Vivimos en una época atravesada por la prisa, la imagen y el consumo. Nos relacionamos en una superficie cómoda donde importa más lo que se exhibe que lo que sostiene. Pero bien sabemos que el estatus material o las apariencias no salvan a nadie de la soledad ni construyen refugio cuando la vida se complica.
Centrar el deseo en la búsqueda de afecto romántico como fin último suele ser un distractor. Lo verdaderamente transformador en la adultez es la capacidad de generar vínculos profundos en todas sus direcciones. La necesidad de ser vistas –no para ser juzgadas ni completadas, sino reconocidas en nuestra entera humanidad– no es una debilidad, es una exigencia humana.
Necesitamos redes que trasciendan lo utilitario. No círculos que solo funcionen mientras seamos convenientes, serviciales o productivas, sino espacios donde sea posible mostrar la vulnerabilidad sin perder el valor. Aprender a hacer la pregunta incómoda: ¿qué queda de esta relación cuando dejo de ser útil? forma parte de ese proceso de madurez.
Maternidad consciente y corresponsabilidad
Esa misma conciencia debe trasladarse a una de las decisiones más trascendentales en la vida de una mujer: la maternidad. Traer o no una vida al mundo no debería ser una inercia social ni un mandato biológico, sino una elección plenamente consciente.
Decidir ser madre implica asumir la preparación emocional, física y vital para recibir a alguien que dependerá al cien por cien de ti. Pero asumir esa responsabilidad no significa aceptar la heroica y desproporcionada carga de sostenerlo todo en soledad. Romper con el mito del superpoder femenino es urgente: que una mujer pueda con todo no significa que deba hacerlo.
Cuando la maternidad se elige en proyecto conjunto, exige una corresponsabilidad real e igualitaria. No se trata de «ayudas» ni de roles auxiliares, sino de una construcción a la par. Y, cuando se decide no ser madre, o cuando la vida toma rumbos distintos a los imaginados, la autonomía también consiste en habitar esa realidad con solidez, sin sentir que la valía personal se ha reducido.
Tejer redes sensatas: la dinámica del auxilio mutuo
La respuesta frente al individualismo voraz no es el aislamiento, sino la comunidad. En la adultez, la red de apoyo no se mide por la cantidad de integrantes, sino por la calidad de quienes te rodean.
Necesitamos redes reales y sensatas. Relaciones donde la reciprocidad no se lleve como una contabilidad rígida de favores, sino como una voluntad compartida de cuidado. Redes donde exista la disposición genuina de empujar por la otra cuando las fuerzas no alcancen, sabiendo que en otro momento el papel se invertirá y seremos nosotras el auxilio.
Crecer también es aprender a elegir a quiénes dejamos entrar a nuestro espacio más íntimo. Es cultivar amistades capaces de respaldarnos pero también de decirnos la verdad con afecto; personas con quienes sostener conversaciones incómodas y tener desacuerdos sin que el vínculo se quiebre o se desgaste.
La prueba del tiempo: convivir con la incertidumbre
La adultez nos enfrenta tarde o temprano a la realidad de que no todo lo que deseamos ocurre según lo planeado. Proyectos que se quiebran, relaciones que terminan, diagnósticos inesperados o la constatación de que ciertos sueños o planes de vida mutaron en el camino.
Ahí es donde se prueba la textura de nuestra vida. Mezcla la autonomía en la incertidumbre no significa no sentir miedo o frustración; significa desarrollar la madurez emocional para atravesar esos tramos sin asumir que el desencuentro o el cambio de objetivos minimizan nuestro valor.
En esos momentos de quiebre es donde los vínculos dejan de ser un concepto nítido y cobran forma (humana) a través de nuestra familia y amistades, incluso un poco de nuestro círculo laboral. Dicho esto, una red de verdad no aparece para dar discursos ni para juzgar cómo llegamos ahí, emocionalmente hablando, sino para acompañar. Se distingue por la presencia, pero sobre todo, por la disposición de ser sombra cuando la voluntad personal está por sucumbir.
Habitar el territorio propio: la plenitud como hogar
La plenitud en la adultez no es un estado estático de felicidad perfecta, sino la construcción constante de un territorio propio. Es el trabajo silencioso de edificar una vida que nos pertenezca: tener proyectos que nos entusiasmen, paz en el espacio en el que vivimos, independencia y estabilidad económica, así como un criterio sólido e innegociable sobre lo que toleramos y lo que no –porque tampoco se trata de reducirse para pertenecer–.
Cuando una mujer habita su propio territorio con solidez, la forma de vincularse cambia radicalmente. No busca a alguien que le construya un refugio ni a una comunidad que le resuelva la existencia; busca personas con quienes compartir el espacio que ella misma erigió.
Ni la familia, las amistades o la pareja llegan a tapar grietas ni a salvarla del vacío, sino a cohabitar un lugar donde ya existe estructura, solo contribuyen a hacerla más sólida. Decidir quiénes entran a esa casa –y saber despedir a quienes solo traen ruido o exigencias implícitas– es quizá el acto personal más maduro que se puede ejercer.
Tal vez nuestra generación tenga finalmente la oportunidad de desarmar los dos mandatos que nos encasillaron: ni la mujer dependiente que necesita a alguien para existencialmente completarse, ni la mujer hiperindividualista que pretende no necesitar de nadie.
- Podemos pedir ayuda y dejarnos auxiliar sin que eso cancele nuestra independencia.
- Podemos asumir la maternidad desde la elección consciente y la exigencia de equidad.
- Podemos ser profundamente autónomas y, al mismo tiempo, reconocernos seres comunitarios.
- Podemos construir proyectos sólidos sin medir nuestro valor por los estándares materiales de la época.
Sería absurdo, contradictorio y arcaico pensar que la independencia es la ausencia de lazos; eso sería ser una persona ermitaña, sin más. La independencia es la libertad de elegir nuestros vínculos con lucidez, el poder decidir a quién confiarle nuestra vulnerabilidad, a qué causas entregamos nuestro tiempo, cómo maternamos o acompañamos, y con quién elegimos llevar nuestra vida hacia adelante. Ninguna trayectoria –en soltería, en pareja; con o sin hijos– debería ser el rasero para medir nuestro valor.
Después de tantas épocas donde a las mujeres se les dictó lo que debían ser, hoy el verdadero reto es mucho más terrenal y profundo: construir con solidez nuestro propio terreno y saber a quiénes darles los hilos que contribuyan a tejer nuestras redes. Porque de no hacerlo –y sin que parezca juicio–estaríamos ante una contradicción biológica e histórica.
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