lunes, enero 19, 2026
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Debemos fomentar el conocimiento del libro en las generaciones actuales: Pallarés Jiménez

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La tinta, el libro y textos impresos son elementos patrimoniales extraordinarios y deben llevarse a las aulas para que las nuevas generaciones los conozcan, en especial porque cada vez menos gente lee, explicó el académico de la Facultad de Educación de la Universidad de Zaragoza, España, Miguel Ángel Pallarés Jiménez.

La historia del libro y el patrimonio que aún conservamos es aprovechable para intentar que esto no se pierda en una generación, y que la gente sepa a lo que nos referimos cuando hablamos de libros, añadió en la conferencia “La imprenta de los incunables de Zaragoza. El libro como objeto patrimonial y didáctico”.

En el auditorio José María Vigil, del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, mencionó que la bibliología cuenta con una tradición académica que considera al libro como objeto, en su aspecto material e histórico.

Estudia su producción y preservación, evolución de formatos y soportes, elementos de embellecimiento, signos de autenticidad y mérito; y, además, analiza su contenido, la autoría del texto, su difusión e influencia sociocultural, dado que ha sido un transmisor de conocimiento extraordinario.

El experto se pronunció por el estudio del objeto-libro. “Al patrimonio bibliográfico, a pesar de ser accesible, no se le ha sacado un excesivo partido pedagógico desde las ciencias sociales, seguramente porque no es comparable por su naturaleza a las evidencias artísticas, monumentales o arqueológicas”.

Ello a pesar de que cuenta con gran potencial didáctico al tratarse de objetos fabricados por el ser humano; que han sido elementos de comercio e incautación ilícita, con un recorrido histórico indudable; asumido un rol fundamental en el desarrollo social y cultural universal; han sido centro de veneración o animadversión; que en sí son elementos estéticos y tienen detrás una historia personal, entre otros aspectos.

Elemento de cambio

Con la imprenta, recordó Miguel Ángel Pallarés, se abrieron nuevos tiempos: el libro estaba en el corazón del poder político y religioso, incluso de manera física; la lectura y la escritura eran fenómenos urbanos. Ese invento alemán se extendió rápidamente por Europa y es ejemplo de cómo el viejo continente estaba integrado por cuestiones políticas y comerciales.

No obstante, aclaró, no fue un elemento de cambio radical en la baja Edad Media, como la instalación de relojes públicos en los campanarios, que normalmente condicionaban la vida de quien vivía, pasaba o dormía en una ciudad. El analfabetismo era muy grande, y por ello la imprenta fue un factor de transformación progresivo.

Zaragoza es un buen modelo de cómo los actores relacionados con el comercio del libro, libreros, papeleros, etcétera, se “subieron al carro de la innovación”.

Los primeros impresos imitaban a los manuscritos, pero pronto aparecieron elementos que hicieron revolucionaria a la imprenta. Se empezaron a divulgar textos que cumplen con el humanismo propio del Renacimiento, como los clásicos romanos, refirió.

Además, se constituyó en el gran vehículo de la reforma: los protestantes se mueven rápido con la imprenta para divulgar sus ideas. También en la literatura se presentó una gran revolución, es decir, la novela sentimental comienza a aparecer a finales del siglo XV, así como las de caballería o las relaciones de sucesos (el “periodismo primitivo”).

De Alemania llegaban libros, y entre la gente de las compañías mercantiles germanas también arribaron profesionales de la imprenta, provenientes de Konstanz. De los siete impresores que tuvo Zaragoza en el siglo XV, cuatro fueron de esa metrópoli.

Era capital del reino de Aragón y cuando llegó dicho instrumento ya había un colectivo de libreros que se caracterizó por su versatilidad. En el siglo XVI crearon la Confradía de San Jerónimo (1537), hicieron sus estatutos y autolimitaron su oficio. Pero antes de eso, en el siglo XV, podían ser escritores, vendedores, compradores, encuadernadores, administradores, etcétera.

El mundo del libro siempre estaba cerca de donde se encontraba el poder político y administrativo de la ciudad, y “eso nunca ha desaparecido”. La primera imprenta de la Ciudad de México, por ejemplo, se instaló al lado de la Plaza de Armas.

Los libreros no se vieron afectados por ese instrumento en las primeras décadas. Ellos embellecieron y comercializaron los libros impresos, siguieron elaborando códices, entre otras creaciones, detalló Pallarés Jiménez.

La imprenta incunable imprimió en papel y pergamino. En Zaragoza arrancó en 1475, cuando Mateo Flandro sacó un único impreso, un manual para curas, Manipulus curatorum. En esa urbe no hubo crisis de talleres tipográficos como sucedió en otros lados debido a la saturación de los mercados, recalcó.

Asimismo, se ha documentado el encargo, en 1478, de una Biblia en lengua castellana a Pablo Hurus, el alemán de Konstanz que se instaló en Zaragoza, proviniendo dicha encomienda de otra ciudad aragonesa: Calatayud. “El de Hurus fue el gran taller incunable”; ese impresor vendía libros de segunda mano y le solicitaban encargos para encuadernar, entre otras tareas.

En esa época había más gente leyendo que escribiendo y es improbable que en el mundo rural aragonés, de pequeños pueblos, hubiera demasiadas personas que supieran leer y escribir, subrayó el especialista. “Tienen y leen libros los sacerdotes, juristas y médicos”.

Hubo un comercio internacional de ejemplares y artífices de la imprenta; y dentro de las ciudades, botigas (tiendas o comercios) donde se vendía tinta a granel y papel, así como librerías, finalizó Pallarés Jiménez.

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FUENTE DE LA INFORMACIÓN: https://www.dgcs.unam.mx/boletin/bdboletin/2026_028.html

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