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Saulo Chávez A.*
Aun cuando el poder planetario se encuentra en su dinámico proceso de reestructuración o natural reacomodo acorde a su sistema pendular por antonomasia, no se comprende el por qué algunos liderazgos se empeñan en no entender tal devenir, más aún aquellos que sostienen han sido educados en la dialéctica, es decir, en la propia sucesión de contradicciones que deben hacer sencillo el discernimiento de tal estado de cosas.
En este último lustro se ve a todas luces el reparto del mundo entre las grandes potencias, sobre todo la que ha sobrevivido imperando en los últimos dos siglos, los EEUU; su contraparte en casi igual número de años, Rusia; la anquilosada Europa Occidental o Unión Europea (UE), y; la emergente potencia asiática o República Popular China. Todas y cada una han entendido que mantener su dinámica hegemónica significa dominar sus espacios de seguridad nacional, cosa evidente en la UE y en Rusia que, para complejidad de las cosas comparten el mismo continente; China ha vuelto a engullir a Hong Kong y sabe que debe hacer lo mismo con Taiwan y, si pudiera alcanzarle –que no será así- también la emprendería contra Japón.
El tema de los EEUU resulta caso aparte, la gran mayoría en ese país sabe que para mantener su hegemonía deben dominar su hemisferio, además de mantener su presencia en todas las partes del planeta donde pueda sostener sus bases militares, donde le alcance su presupuesto o hasta donde le crean sin pestañear todavía todo lo referente a su sistema económico basado en el dólar, en su petróleo y el dominio de territorios ricos en las llamadas tierras raras. De aquí la apuesta del Presidente Trump por negociar en este nuevo mundo multipolar geoestratégicamente, a saber, bajo un esquema distinto, donde el tratamiento de todos los temas pasan bajo la criba de estar negociando con potencias nucleares encabezadas además por ejecutivos extremadamente fuertes, cuyas figuras y talantes rayan en ser verdaderos dictadores modernos, sin ambages, capaces de todo cuando se les trata en las mesas de negociaciones, conscientes –todos- de que ninguno de los sistemas son tampoco democráticos, incluyendo el del propio EEUU, todos son oligarquías, con la diferencia de que en el hegemón de Norteamérica siguen eligiendo a su presidente cada cuatro años, supuestamente en la lucha entre dos partidos políticos, tampoco democráticos, sino también oligárquicos.
Estamos siendo testigos entonces del nuevo reparto mundial, donde cada uno cuida de su espacio vital, de sus huertos, patios traseros, cotos de caza y continentes, donde pareciera que aun no han volteado los ojos hacia Oceanía y donde África está siendo también invadido por todos ellos, en detrimento de los desbalagados pueblos africanos.
Para América, Trump sabe que debe reforzar las doctrinas Monroe y aquella del Destino Manifiesto de los EEUU, so pena de perecer como imperio, de aquí su apuesta por poner orden en el sur (donde el caso Venezuela y su chofer vuelto dictador bananero apenas es el comienzo) y hasta en proponerle a Canadá –y un posiblemente inteligente México- para constituir un solo país, sumando también a la colosal y muy poca poblada Groenlandia, de importancia estratégica en los tiempos de cambio climático y emergencia de nuevas tierras ante el deshielo, donde hasta Dinamarca deberá analizar si se suma, enajena o pierde tal espacio territorial.
Para todo ello Trump está consciente que debe poner orden también en su propio país, tanto en el entendimiento de los tiempos transmodernos, como de paso en la cura de su sociedad víctima de las drogas, de aquí la base de su propuesta fundamental “hacer de América fuerte nuevamente” o movimiento MAGA, estando enterado que sus oponentes principales han establecido regímenes dictatoriales, ha convocado al análisis sosegado de si eso sigue siendo malo o debe cambiarse tal lectura, puesto que mantienen fuertes a sus respectivos países, sobre todo China y Rusia, haciendo un guiño para dentro de su propio sistema, de aquí que, por su edad, sepa que él puede alcanzar sus objetivos solamente extendiendo su mandato, estrategia que intentó en su primera presidencia pero que nadie más comprendió su dinámica por la lucha intrapartidista, confabulándose todos sus enemigos para propinarle el fraude electoral que benefició a Biden, a quien ha concebido como gran barrera en su estrategia y para mal de la nación estadounidense y el mundo entero.
Hoy mas que nunca debe entenderse a Trump más que como empresario, atrabiliario y bajo ataque por todos lados; como político negociador, primero de propuestas y después de ataque contundente; que a todos escucha, a sus contrincantes, a su gabinete plural, igualitario, a los de la ciencia y hasta a los del misticismo. Quizás podamos estar ante un estadista en ciernes, propio de estos tiempos de cambio o en los que otro fantasma recorre el mundo, el de las dictaduras necesarias y evidentes por sobre aquellas que hipócritamente se hacen revestir con la entelequia de democracia que, ahora más que nunca, no se sabe a qué se refieran a no ser también al saqueo sistemático de las riquezas de todos y cada uno de los países, negocio de todos, la grilla internacional más que política como extensión de la guerra, de aquella que se hace para arrebatar, aunque también para corregir, dependiendo de la fortaleza y moral de cada nación.
*Literato. Correo electrónico: sicaviani@yahoo.com.mx